Culturas / Edición Impresa
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insert vacaciones / Un cuento inédito de Juan terranova

Pornopunk

17.02.2009

Me: ¿Cuál es la diferencia entre un camello y una cebra?

Tejas: Imagino que estás por contármela.

Me: No, es una pregunta en serio.


Hace dos años, nos fuimos a una casa en la playa que no tenía electricidad. Cuando mi mujer me preguntó si extrañaba la computadora, le dije que había entrado en un proceso de desintoxicación. Y era verdad. Me había convertido, banda ancha mediante, en un yonqui digital. Las mañanas las pasaba bien, pero a la noche me ponía nervioso.

–¿Vas a recaer? –me preguntó ella cuando volvíamos.

Le dije que sí. Soy de los que se rescatan para después seguir consumiendo. Una vez leí que los médicos les dicen “adictos controlados”. Soy una especie de adicto controlado a internet entonces. Pero, ¿quién no lo es? Durante nuestra estadía en la playa, cuando sentía mucha ansiedad, escribía a mano en un cuaderno de hojas lisas y me calmaba. Afilaba la punta del lápiz y escribía hasta que el trazo era tan grueso que no se entendía nada. Supongo que, en caso de necesidad, la habilidad de escribir a mano vuelve, aunque tampoco estoy seguro. Hace dos días tuve que copiar un mensaje en la libreta del teléfono y me descubrí una letra monstruosa, torturada, ajena.

El verdadero adicto, en todo caso, era mi amigo Tejas, del secundario. La primera computadora que tuvo era una Texas Instruments y siempre hablaba de su Texas Instruments. Así que le quedó Tejas. En un lapso de meses, saltó del Logo a abrir, romper y arreglar todos los programas que tenía. Después le compraron una Commodore 64 y enseguida una 128 que se enchufaba a la televisión. Pero nadie nunca le dijo Commodore. Su adicción real, en todo caso, llegó con la conexión telefónica a internet. Antes se pasaba apenas unas seis o siete horas al día en su cuarto y solamente usaba pantalones camuflados muy de vez en cuando. Ahora los usa todo el tiempo. Él fue el primero que conocí que tuvo una dirección de correo electrónico. No se engañen, no fue hace mucho. Parece una eternidad. De la carta al mail. Es como pasar de comer carne de dinosaurio sentado en un charco de mierda a esperar que se abran las puertas automáticas de un supermercado chino. Pero no fue hace mucho. (Dios mío, yo todavía me acuerdo cuando mandaba desde Europa cartas escritas a mano. En Francia se pagaba con francos, en Alemania con marcos y en Italia con liras. El siglo XX fue el siglo XX hasta el final, no hay duda. Como una etapa evolutiva anterior de la especie humana).

Esta historia empieza un domingo mítico en el que Tejas estaba aburrido. Ese domingo mítico se dedicó a leer y a responder mails. Todo el domingo dedicado a esa tarea, como un monje que traduce y copia encerrado en una torre. Fue una explosión en cadena. Su lista de contactos estaba llena de gente que, como él, miraba su casilla todo el tiempo. Escribió mails cortos de dos o tres líneas hasta cansarse, largos mails confesionales y, acto seguido, descubrió el chat. Pasar del mail al chat es como saltar de las pastillas a las drogas inyectables. ¿Para qué esperar el largo proceso digestivo si uno puede poner la sustancia a correr por las venas como si fuera un karting imposible, fuera de control, soltado por un helicóptero directamente en la pista, con el motor de cuatro cilindros ya caliente a 6.000 revoluciones por minuto? El famoso Deus ex machina, viejo. Pero en vez de terminar, ahí es donde la cosa empieza. Chat nocturno, entonces, chat diurno, chat desde el trabajo y desde casa, chat con desconocidos, chat en grupos, largas sesiones existenciales de chat. Y después, obvio, el sexo. Primero te pasás toda una noche de insomnio googleando nombres de escritores. Empezás con Sarmiento, terminás con Hitler. Te bajás sus obras completas de un sitio neonazi peruano. Sabés que nunca las vas a leer, pero ése no es el punto. Y, de repente, estás metiendo la cabeza en la vulva rosada de una mujer que se depila todos los días. No hay forma de evitarlo. “La pornografía nos inunda –dice Tejas cada vez que cuenta su historia–. Llena todos los lugares vacíos. Está en el espacio público de la televisión, en el espacio privado de la web, en la calle, en los cines, en los autos. Es un virus”.

La verdadera historia, entonces, empieza un día en que conoce a Nova por chat. No sabe de dónde salió, pero, de repente, ella está en su computadora con el ícono de una sensual bailarina japonesa. ¿Habló con ella en una sala de chat? ¿La descubrió en la rara intimidad de los comentarios que se hacen y se responden en un blog ajeno? ¿O ella lo descubrió a él? No importa. Antes de eso, Tejas solamente había tenido sexo con algunas amigas de su hermana menor y nada más. Buen sexo, sexo teenager, pero insuficiente. Con Nova, primero hablan del clima, como si estuvieran en un ascensor, después hablan de música, como si hubieran pasado del ascensor a la cola de un cine. Y ella ahí le confiesa –es la tercera, la cuarta o la quinta vez que se escriben– que cada tanto alquila películas porno. Hay temporadas en que se obsesiona, dice, y cuando lee “dp” –abreviatura de la palabra “después” en su estilo de chateo– entiende “doble penetración”.

Y en ese momento, a mi amigo Tejas se le enciende algo en el cuerpo. La frase en el recuadro blanco del chat es como un interruptor que alguien, en alguna parte, presiona dentro de él. Digámoslo una vez más. El porno es como la realpolitik: ocupa todo, parece lo más sensato y cuando te querés acordar, te da tanto placer y tanto dolor al mismo tiempo que tu cuerpo no responde a otra cosa. Porno duro y ultra realpolitik. Matar preventivamente a tu pareja una vez finalizado el coito, pasar una tarde de juego previo en el Tiro Federal de Núñez.

Así que ellos se conectan de día o de noche y se calientan por chat. Es una rutina. Un acto más en la rutina diaria, como bañarse, mirar televisión, masturbarse o leer el diario. “La vida cotidiana –dice Tejas– incorpora elementos con una velocidad asombrosa. Antes de que te des cuenta, ya sos parte de un sistema sellado que admite el vandalismo en el subte B y decodifica Plaza Once como el escenario ideal para drogarse con pegamento”.

Un día él escribe: “La ansiedad, el tema es la ansiedad”.

Otro día ella escribe: “Me doy cuenta cuál es tu estado de ánimo por el chat”.

Otro día él escribe: “Quiero que me hagas sangrar”.

Y ella le responde: “Yo quiero que me penetres con un dildo”.

Y él dice: “Yo también quiero eso”.

“Si en ese momento me hubiera quedado sin internet –dice Tejas cuando narra la historia–, simplemente me habría muerto. Delete. Autosupresión”.

Como decía antes, el síndrome de abstinencia digital es duro. Pero cuando te lo cortan y vos estás en la máquina, tipeando o bajando una película y de repente no hay más –el suministro se cierra como una canilla oxidada que ya no se puede volver a abrir–, bueno, eso es mucho peor. Eso duele. Probás los cables y está todo en su lugar. No es como irse a la playa, un lugar alejado pero donde tu cabeza tiene la seguridad de que a la vuelta el dulce jugo de la web va a seguir alimentando tu monitor, tu clon, tu mother berreta marca AD-Rock de ciento cincuenta pesos. Dolor. Insatisfacción. ¿Quién no se quedó alguna vez sin computadora o sin internet? El vecino llama al jardinero, el jardinero corta las plantas del vecino y de paso también corta un par de cables. Y un día te sentás, pero ya no tenés conexión. Al principio es un malestar sin ubicación clara. Hay algo que falta en algún lado. En la computadora, abrís archivos viejos y eso te deprime un poco. En el teléfono, las promesas de la empresa que suministra la banda ancha cada vez son más irritantes. Muy rápido pasás de la ansiedad a la cólera. Una vez, Tejas estuvo una semana sin conexión.

Fue mucho antes de conocer a Nova. Cuenta que llegaba del trabajo y salía para el locutorio. Los locutorios de Buenos Aires son como los antiguos fumaderos de opio europeos. Todos conectados, todo el tiempo, al mismo aparato, en el mismo lugar, pero también viajando, abstraídos en su propio recorrido mental. Y a diferencia del opio, la web es ATP. Tejas trabajaba en una empresa de software. Un piso entero en Rivadavia y Suipacha lleno de gente, cada uno con su máquina. Supongo que los que trabajan ahí encauzan su adicción y la convierten en una forma de vida. Uno de los programadores le dijo una vez que había que escribir en la entrada: “El trabajo te hará libre”. Tejas todavía no sabe si lo dijo en broma o en serio. Bueno, la cuestión es que Nova resultó ser la ilusión del paraíso, la esperanza de la tierra prometida. Y los dos rápidamente se dejaron tentar por un largo, sufriente y gozoso recorrido de fe. Después de muchos momentos de intimidad y confesión, pactaron un primer encuentro. Ya hacía mucho tiempo que eran interadictos, adictos el uno del otro. A veces estaban en una fiesta de cumpleaños o en una reunión con amigos y se extrañaban, extrañaban la conversación del otro, su presencia y querían volver corriendo a la computadora y conectarse.

El primer encuentro lo canceló ella, el segundo lo canceló él. Después, hicieron planes para ir a un cine porno de la calle Lavalle. Pero él propuso enseguida que el encuentro fuera en su casa, en privado. A último momento, ella cambió y le pidió que fuera en su departamento. Él aceptó. Se encontraron por primera vez esa noche y vieron una película sin tocarse. Después, él se despidió y ella lo acompañó hasta al ascensor y se besaron por primera vez. La violencia fue en aumento a medida que bajaban los pisos. Él sintió la lengua de ella trabajando en su boca y le gustó. En el hall, ella le apretó los brazos y le dejó moretones. Después, él le metió la mano por la espalda adentro del pantalón y le palpó los sedosos tejidos que rodean el agujero del culo. Ella empezó a gemir. Pero, entonces, se escuchó un ruido. Un vecino abrió la puerta de calle y ellos aprovecharon para separarse. Ella volvió a su departamento, se conectó y esperó que él volviera a su casa y se conectara. Cuando, finalmente, él se conectó, no se escribieron.

La web es como el dinero, es un calco del capitalismo que avanza, devora, asimila y se expande, pero todavía no nació su David Ricardo, su Adam Smith, su Karl Marx. Es más, estamos en la etapa de la contemplación. Miramos la llanura y al sol bajando en el horizonte sin entender. Ni siquiera podemos hacer palotes. Ni hablar de un jeroglífico o una Piedra Roseta. Todo se parece a Dios y Dios se parece a todo. Y en las madrigueras de la web intuimos que faltan miles de siglos para que nazca el primer silogismo. Así que veneramos la naturaleza, dibujamos un búfalo y un mamut, y esperamos, cargados de magia, el paso a la siguiente fase. ¿Sueñan con monitores los niños alemanes adictos a internet, gordos, cerebrales, casi albinos, internados a la fuerza por sus padres en campos de desintoxicación donde hacen vida al aire libre? ¿Qué etérea existencia comunal imaginaba el que ideó el programa de rehabilitación para yonquis digitales que se puede hacer online? En China, la adicción a la web se cura con electroshock. Un método similar al que usaba el comunismo de Mao con los heroinómanos. En Taiwán, hay adictos a los juegos en red que viven en los cibercafés porque es más barato que vivir en una pensión. ¿Cuál era la idea de futuro de la inglesa de doce años que se pasaba quince horas por día en la computadora de la cocina de su casa y se escapó con un marine norteamericano de treinta y dos al que conoció chateando? Se fugaron a París. Pero los agarraron. Una verdadera lástima.

Cuando Nova y Texas volvieron a escribirse, un par de días después de haberse visto y tocado por primera vez, dijeron de encontrase en un bar. “Es una estupidez”, contestó ella al final, y él estuvo de acuerdo. Entonces, para sellar el momento, ella le explicó por qué sabía tanto de felaciones casuales: el momento justo en que hay que sacar la cara para que no te acaben en la boca. Finalmente, se volvieron a ver en la casa de ella, un viernes. Pusieron una porno, se besaron y se empezaron a desvestir en el sillón del living. Ella le sacó la pija del calzoncillo, se la chupó y sintió un mareo. La pantalla de la televisión transmitía una escena de sexo interracial. Un negro y una rubia se comían mutuamente. Cuando estuvieron desnudos, él le tanteó con la punta de la verga el ano y ella gimió con cada presión. Finalmente, encontrando la resistencia justa, la penetró sin preservativo, con un golpe continuo hasta el fondo. Ella gritó y él empujó seis veces –tres rápidas y tres lentas, como aconseja el Tao del sexo– y la sacó, llena de líquido, chorreando. Ella giró y él la volvió a penetrar, pero esta vez por adelante. Acabaron, los dos, de golpe. Y después, antes de volver a empezar, hablaron.

–Tengo la fantasía de que me muerdas ahí.

En algún momento de la noche, él pensó que ella era un auto. Y ella –se lo dijo– que los dos eran actores de un peepshow y ojos ajenos y desorbitados se les clavaban en la piel.

–Quiero que me muerdas hasta dejarme la marca de los dientes.

–¿Dónde?

–En el muslo, del lado de adentro, acá. Hasta que salga sangre.

Finalmente, se hizo de día pero ellos siguieron friccionándose. Él acabó tres veces. Una adentro, otra en la espalda y la tercera en la cara de ella. Ella chupó el esperma como una hormiga disciplinada. Tuvo orgasmos cada vez que él le pasó la lengua por el clítoris y cuando le hundió los dedos en su sexo y el pulgar en el ano. Después de esa noche, no se volvieron a ver. Ella lo borró de su lista de contactos. Él estuvo con otras mujeres que conoció por chat, intentando reencontrarla con otro nombre, con otra cara, con otro cuerpo.

En un fotolog, a modo de consuelo, Tejas posteó el dibujó de la curva sexual, que empieza arriba con el primer encuentro, baja en el segundo, repunta un poco en el tercero para empezar a caer, de allí en más, con leves mejorías casi imperceptibles. “No se trata de un estudio científico ni tengo datos reales –escribió desde el anonimato–. Se trata de una percepción personal. En todo caso, lo que es innegable es que el desgaste existe de esta manera”.

Una vez discutimos una frase que se le atribuye a Bill Gates. Varía según quién la cuente, pero parece que a principios de los ochenta el almacenero más rico del mundo dijo algo como: “Nadie va a necesitar más de 640 K de memoria RAM”.

–Eso es una leyenda urbana –dijo Tejas–. Bill Gates no puede haber dicho eso.

–¿Por qué no? –pregunté.

–Porque es un adicto. Y los adictos nunca tienen suficiente.

Bill Gates, el primer trabajador, el primer workaholic, adicto a los fierros del hardware, a la velocidad, a la información. Siempre más rápido, siempre más potente, siempre más duro. Me imaginé a un falso Bill Gates que no levanta el teléfono, que no habla, que apenas chatea con sus empleados y con sus amigos, que se masturba y duerme en su oficina y se filma con una videocámara made in China en el microcentro de Sillicon Valley. Restos de pizza y cartones de comida china en un sillón. La cuenta bancaria creciendo lenta pero inexorablemente en la pantalla de un monitor de veintitrés pulgadas. La alfombra sucia con manchas de cerveza.

El escritor y el ilustrador

Juan Terranova
(Buenos Aires, 1975) es licenciado en Letras y fue profesor en la Universidad de Buenos Aires. En 1999 publicó su primer libro/, Notas de un viaje a Italia/, y en 2001, El coleccionista. Sus novelas son El caníbal (2002), El bailarín de tango (2003), El pornógrafo (2005) y Mi nombre es Rufus (2007). También escribió un libro de poemas, El ignorante ,y la crónica La virgen del cerro.

Yamandú Rodríguez (Mar del Plata) es artista plástico, profesor superior de Artes Visuales especializado en pintura y grabado. Actualmente se dedica al registro fotográfico y forma parte de la Galería Appetite. Además, es el guitarrista de Loquero. Sus fotos tienen cierto registro punk y trabaja con el cuerpo de la mujer.
Jueves 29 de noviembre
Año VIII | Edición Nº781






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