Sociedad / Edición Impresa
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40 millones de toneladas anuales

Crece la basura tecnológica

Un informe de Naciones Unidas advierte que en el Tercer Mundo no hay políticas de reciclado, lo que genera mayores riesgos de contraer enfermedades.

23.02.2010

Desechos. En la Argentina se producen 2,5 kilos de basura electrónica anualmente por habitante.

En los Estados Unidos se desechan anualmente unos 19 kilos de basura electrónica por habitante. En Europa, la cifra alcanza los 14 kilos. En la Argentina, es de sólo 2,5 kilos. Y sin embargo, ¿a que no saben cuál es el país que más problemas tiene con la chatarra? La respuesta –la Argentina, desde ya– fue el centro de la discusión en el día de ayer, cuando el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) presentó un informe de resultados inquietantes: de acuerdo con el estudio, todos los años se producen 40 millones de toneladas de basura electrónica (computadoras, teléfonos, heladeras, juguetes, impresoras, televisores, reproductores de música, cámaras digitales y un largo etcétera) y, paradójicamente, el territorio que más padece esta avanzada high tech es el llamado Tercer Mundo, donde no existe una política de reciclaje de todos estos metales. ¿El resultado? Millones de personas están quedando expuestas a montañas tóxicas que, conforme van destilándose por el agua y el aire, provocan graves problemas medioambientales y de salud. “El tratamiento de esa basura ha llegado a ser no sólo importante, sino que es absolutamente urgente”, afirmó Achim Steiner, director ejecutivo del Pnuma.

El primer país en la lista de mayores riesgos no es la Argentina, desde ya, sino China, un país que produce 2,3 millones de toneladas de basura electrónica al año, y que en un futuro –de acuerdo con las estimaciones– multiplicará por siete el tamaño de su montaña de porquerías metálicas. Si bien Estados Unidos supera esta cifra –con tres millones de toneladas–, lo cierto es que el gobierno norteamericano tiene cláusulas de tratamiento de residuos que China, al igual que toda América Latina, no tiene. Y aún más: según el informe del Pnuma, China sigue siendo un importante vertedero de basura electrónica procedente de los países ricos, pese a que existe una convención internacional que prohíbe el envío de esa basura fuera de los países que la originan.

La consecuencia es que en China –como en buena parte de Latinoamérica– gran parte de la basura electrónica es incinerada o arrojada a basurales y rellenos sanitarios, lo que libera a la atmósfera gases tremendos para la salud. La exposición masiva a productos químicos tóxicos como el plomo, el cadmio y el mercurio puede causar daños cerebrales, afectar el sistema nervioso, los riñones y el hígado, y causar malformaciones. “El boom del consumo mundial de aparatos eléctricos y electrónicos ha creado una explosión en la generación de basura electrónica –advierte Greenpeace en un informe llamado “High Toxic Tech”–. Miles de estos aparatos son exportados, muchas veces de manera ilegal, desde la Unión Europea, Estados Unidos, Japón y otros países industrializados hacia países en desarrollo, especialmente Asia. En estos países, los trabajadores, muchas veces niños, en precarias condiciones realizan el desmantelamiento y fundido de partes de estos aparatos y quedan expuestos a un cóctel de venenos y químicos tóxicos”.

En la Argentina, si bien los números no se acercan ni remotamente a los asiáticos, la basura electrónica también es un problema: un estudio hecho por la consultora Ecogestionar junto con el INTI y la Cámara de Máquinas de Oficina revela que cada habitante arroja, anualmente y en promedio, 2,5 kilos de residuos electrónicos, lo que da 100 mil toneladas al año (el 5% de la producción china). “La cantidad es mucho menor que la de la basura domiciliaria, pero la diferencia es que los desechos electrónicos tienen componentes cancerígenos; no es lo mismo tirar una cáscara de manzana que tirar un monitor”, advierte el biólogo Gustavo Fernández Protomastro, director de Ecogestionar. “No es que haya mala fe por parte de los fabricantes de aparatos electrónicos, sino que hay ciertas funciones que sólo las pueden cumplir ciertos metales. El punto está en cómo se regula la llamada posventa: aquello que ocurre cuando el artefacto que se vende ya es desechado. Un aparato electrónico, a diferencia de la basura común, es altamente reciclable: puede usarse un 95% de los insumos. La clave es encontrarle la vuelta para hacerte cargo de la parte tóxica y recuperar los metales que valen”.

En Europa, la posventa de electrónicos está regulada. Si, por ejemplo, una empresa como IBM vende cien toneladas de aparatos, está obligada a reciclar cincuenta. En Estados Unidos la norma es otra, pero en cualquier caso mantiene el tono proteccionista: las empresas pueden hacer lo que quieran con los residuos electrónicos –exportarlos, reciclarlos, etcétera–, siempre y cuando no los depositen en los basurales norteamericanos. En la Argentina, en cambio, no hay una normativa que fiscalice el llamado posconsumo. Y ese detalle es alarmante, si se tiene en cuenta que la basura electrónica es el segmento de los desperdicios que, alentada por el boom de los chiches tecnológicos –principalmente de celulares y computadoras–, más está creciendo a escala mundial.






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