La ciudad de la furia / Edición Impresa
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La cajera del Eki

29.04.2010
Me sentí mal porque comencé yo, sin ánimo de ofender.

Fue en la cola del súper Eki, había una sola cajera y una cola de 20 personas, todas con sus cositas en las manos, un champú, una cajita de té, una señora tenía un jabón para lavarropas y un yogurt. Todos estábamos apurados y se trabó la caja.

Todo comenzó diez minutos antes, mientras cuidaba a mi hijita, Morenita, de tan sólo cuatro años. Estábamos los dos solos en la casa. De pronto, mi hijita me dijo con su vocecita apenas audible: “Papi, tengo hambre, dame un vaso de yogurt con un sánguche de dulce de batata”. Abrí la heladera y no había nada. Tengo debilidad por mi hijita de cuatro años y le dije: “Si querés voy al Eki”. “Bueno, andá, papi”. Y bajé corriendo las escaleras directo al supermercado Eki. Era un horario pico, las 8 de la noche. Entré, agarré rápido las cosas y me dirigí a la caja. Pero la cola me detuvo. Apurado como estaba, y prepotente, apuré: “Pero che, pongan otra cajera”.

Estuve mal, lo confieso, me dejé llevar por la ansiedad. Y mi grito fue la chispa que encendió la cola. Al instante, las veinte personas que estaban delante de mí, comenzaron a tratar mal a la cajera, a apurarla, a decirle cosas horrendas. Y la pobre chica hacía lo que podía, cuánto mas la insultaban más se trababa: tener que soportar a veinte imbéciles, comehamburguesas, egoístas que no quieren perder ni un minuto. ¡Qué mala es la gente!

Incluso la chica tocaba un timbre para que venga alguien a ayudarla y no venía nadie. A los diez minutos llegó una gorda, sargentona, compañera de ella y comenzó a decirle las peores cosas. Me di cuenta que la chica era lerda porque era nueva. ¡Y en este mundo no existe la paciencia humana! Las viejas seguían insultándola y el mundo continuaba girando en su estupidez. No sé a qué viene, pero anoche en la Feria del Libro vi a Fernando Vallejo, con un traje negro, ¡qué olor a muerto! Hay gente que tiene aspecto de muerto.

Yo no sé si la cajera se dio cuenta que fui yo el que pegó el primer grito. Pero cuando llegué para que me cobre, muerto de vergüenza (sobre todo porque presencié toda la injusticia y en ningún momento me animé a defenderla), me atendió con una paz del otro mundo, mirándome a los ojos, preguntándome si quería una bolsita. Fue una sensación única, como si Dios me recibiera en sus brazos. Señores, me tocó la paz de los vilipendiados, de los oprimidos, de todas las personas que reciben a diario nuestras cachetadas de injusticia. Y sin embargo están en paz, no son portadores del odio. Esa mujer luminosa me miró y me llenó con la paz más increíble de la vida. Cuando salí del súper Eki, ya era otra persona.
Jueves 29 de marzo
Año VIII | Edición Nº781






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