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cine / CRÍTICA / iron-man 2

El comediante de la armadura inoxidable

Acompañado por un seleccionado de buenos actores, el gran Robert Downey Jr. vuelve a calzarse el traje del millonario Tony Stark, que ya no quiere construir armas. A pesar de su excesiva levedad y el aliento limitado de ser capítulo en una saga,  el asunto divierte.

29.04.2010

Tony Stark. Aunque como segunda parte aporta forzosamente pocas novedades, Iron-Man 2 es un festín de Robert Downey Jr.

Lo primero es lo primero: salve Robert Downey Jr., el comediante cínico hasta la dulzura, el rostro triste hasta la carcajada. Combinación única del arquetipo cool a lo Sinatra (Downey, en el cine, es el Sinatra del nuevo siglo) y del disparate a lo Jerry Lewis (Downey es, en el cine, el Lewis de la tecnología), es muy difícil encontrar un film que, teniéndolo en su elenco, caiga por debajo de la media. Incluso vacíos como Sherlock Holmes parecen existir cuando se encargan de fotografiarlo. La primera Iron-Man sentaba la receta de esta Downey reloaded finalmente en el lugar que siempre quisieron darle pero que el caos de su vida le hizo esquivar con todo éxito. Esta segunda entrega de la serie (o hiperserie, veremos el concepto en este mismo texto, antes de que lo invente otro) del millonario de la armadura carmesí es un nuevo show de RDJr., aunque con varios números soporte.

La historia: Tony Stark no quiere construir más armas. El Estado le exige que le entregue la armadura porque la considera una. Tiene dos villanos en ciernes: un competidor (Sam Rockwell) y un físico ruso (Mickey Rourke) hijo del hombre que, junto al padre de Tony, desarrolló el famoso reactor pectoral o algo así. Por lo demás, el propio Tony tiene los días contados porque se está envenenando con plutonio y, bueno, deja todo en otras manos, aunque a lo Isidoro Cañones (lo que implica que el espectador se divierte mientras Downey Jr. agoniza, más o menos como sucedió alguna vez en la vida real). Y, como si fuera poco, aparece la subtrama “Los Vengadores”, ese proyecto de supergrupo de superhéroes que es el viejo sueño de los productores de Marvel.

Pero todo esto no es más que el andamio para las paredes que levantan los actores, paredes que en algunos casos devienen en goles bellísimos. Ver, por ejemplo, el duelo Downey-Paltrow o los cinco intercambios del actor con Samuel Jackson, siempre con alguna palabra y un tono distendido que nunca cupo en la historieta, que le pertenece al cine y a la duración que esas imágenes permiten. Hay, también, jugadas personales maravillosas, como el trabajo de Rockwell, que hace que un personaje que debe ser insufrible, parodia patética del héroe –para que se entienda: Tony Stark es Bart y Hammer/Rockwell es Millhouse (hasta se parece)– y logra que queramos verlo en pantalla. Don Cheadle no molesta, Mickey Rourke combina un par de escenas buenas con un par de “lo que hago por do’ mango... vamo’ de takito...”, y Scarlett Johansson, que alguna vez pintó para gran actriz, aquí habla muy poco y cuando mueve el cuerpo, funciona (no se lea lo que no se escribe).

Así las cosas, es curioso que este seleccionado de actores, donde las escenas de efectos especiales tienen menos peso que las bromas, saque apenas un empate. Dos causas: la primera, que ya vimos Iron-Man y la novedad es menor. La segunda, que incluso si hay sátira política, el film tiene una levedad que linda peligrosamente con la falta de cohesión.

Otro problema es esta idea de que cada film de la nueva Marvel deba encontrar un lugar en el universo de “Los Vengadores”. Así, aquí está la historia de Tony Stark pero, diagonalmente, será un micro-capítulo en una saga que contiene saga, una serie que contiene series, o hiperserie. El cine así pensado, con un manual, carece de libertad. Por suerte, otra vez, los actores aquí son libres y los dejan jugar, evitando que el viejo tipo metálico se oxide antes de tiempo.






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