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Cuando las piezas encajan

La ópera prima de Natalia Smirnoff, presentada en el Festival de Berlín, descubre a una directora sutil, con gran manejo de sus personajes.

29.04.2010

Juntando los pedazos. María Onetto y Arturo Goetz en una de las escenas de la ópera prima de Natalia Smirnoff.

Lo primero es lo obvio: una película que se llama Rompecabezas anuncia que hay algo que debe ser ordenado. Que eso lleva un trabajo, que es necesario buscar los pedazos, hacer que encajen. Y queda claro, eso es imposible sin voluntad. También es cierto que en la Argentina –que no en otros países hispanoamericanos, donde usan el inglés puzzle– el hobbie de acomodar piezas se llama “rompecabezas”. Lo que remite, claramente, a que una cabeza se rompe. En la jerga porteña “me rompió la cabeza” es que asomó una idea nueva, reacomodando todo un sistema de creencias.

Eso ocurre, con todas sus consecuencias, en Rompecabezas. María del Carmen cumple 50 años, y el clima de crisis es evidente. María del Carmen es de Turdera, ha acumulado todo lo que se espera que consiga una cincuentañera del conurbano bonaerense: una familia –marido, dos hijos– que la quiere de verdad, pero como una multiprocesadora que corta, limpia, pule y cocina. Ésa es la primera imagen de Rompecabezas. Un ama de casa que hace todo el trabajo para dar una fiesta de cumpleaños. Prepara la torta y corta los salamines, calienta las pizzas, sirve a los invitados. No le resulta patético a nadie que la homenajeada sea ella misma.

Quizás por error, alguien le da como regalo un rompecabezas y toca allí una cuerda que María del Carmen no sabía que tenía. Se demuestra –ante ella misma– como diestra en el armado de puzzles. Para su familia el dato es tan menor que al comienzo pasa inadvertido. Está bastante claro que las ansias de la señora no son un tema para la familia. Esto no quiere decir que no la quieran, la quieren a su manera: con egoísmo y desinterés. A ella no le importaba, porque tenía su rompecabezas bien armado hasta ese momento. Pero cuando le aparece un rayo de luz en su oscuridad ya es imposible no ver. Aunque se quiera.

Natalia Smirnoff llega a dirigir su ópera prima después de desarrollar un escalafón completo en el cine argentino (trabajó, entre otras, en Garage Olimpo, La ciénaga, La niña santa, El fondo del mar, Nacido y criado, La mujer sin cabeza, Cama adentro). Y lo hace con un manejo firme y sutil del mundo que retrata, dejando que cada personaje viva su mundo, sin hacerlos funcionar como herramientas del argumento. Smirnoff –y quizá sea su gran virtud– respeta la vida de la gente que cuenta. Le basta la escena en que María del Carmen intenta enviar un mail desde un locutorio para pintar a su personaje de cuerpo entero. Es en esas sutilezas, en esos entresijos vitales, donde se cuela la verdad potente de una vida poco potente, donde la película se consolida y supera su mínima producción.

María Onetto en un protagónico excluyente tiene el difícil trabajo de mostrar destellos de una vida interior de un personaje condenado a ser gris, que se rebela/revela. Muchas veces lo consigue. Arturo Goetz sí logra siempre la ambigüedad de un hombre cuya gracia es armar rompecabezas. El bello final, sobre el que se leen los títulos de la película, es quizás la única toma de posición de la directora sobre su material. Y es, paradójicamente, una voz firme y humana. Y hasta dan ganas de salir del cine y armar un rompecabezas.






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