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steve ballmer, director de microsoft, en la argentina

El millonario que vive en una nube

Amigo y sucesor de Bill Gates, el CEO de uno de los imperios más ubicuos del planeta profetizó ante unos 700 clientes, estudiantes y desarrolladores los próximos 20 años: de las bondades del cloud computing a los desafíos de un mundo hiperconectado.

29.04.2010

Sin manzanas. “Una innovación es aquello que es nuevo y que excita a la gente. Y si no es popular es sólo un proyecto de ciencias”.

A las 16.45 del jueves pasado, casi religiosamente, se abrió una puerta y de ella salió expulsado todo un personaje, uno de los hombres más ricos del mundo que, por si fuera poco, es también la cabeza de un imperio que en sus 35 años de existencia invadió prácticamente cada computadora del mundo. Todos los presentes en el “campus urbano” de la UADE –los yuppies, los estudiantes norteamericanizados, los gerentes privados y estatales– lo esperaban, ansiaban hace tiempo verlo en vivo y en directo, contagiarse con sus palabras, en fin, conocer la fórmula del éxito (tan secreta como la fórmula de la Coca-Cola) y la visión aguda de Steve Ballmer.

Porque para cada una de las personas que se vistieron y perfumaron, hicieron malabares con sus agendas y cancelaron toda actividad para conseguir un lugar ahí, en una cancha de básquet –con sus respectivos aros– transformada para la ocasión en anfiteatro, las credenciales del director general de Microsoft eran (y son) más que suficientes para hacer silencio y poner sus celulares en vibrador apenas este hombre corpulento de traje oscuro y corbata roja trepó al escenario azul Francia, azul Microsoft.

“Estoy contento de estar acá con ustedes pero también estoy algo triste. Porque en vez de disfrutar un partido de básquet en esta cancha tienen que escucharme a mí”, arrancó Ballmer, aquel que le tomó la posta del emporio a Bill Gates y que cada año le agrega un millón a los 10.000 millones de dólares de su fortuna.

Mientras que en los sectores VIP y en las gradas sin respaldo –tan de preparatoria estadounidense– los oyentes adoptaban las posiciones más imposibles para aplacar el dolor de espalda creciente, Ballmer tomaba aire y comenzaba a recordar las bondades de un pasado no tan lejano –el nacimiento del microprocesador y de internet– y a presagiar las bondades del futuro: “la nube”.

Cualquiera que hubiera entrado precisamente en ese instante, hubiera pensado que aquel pelado corpulento –una mezcla entre Homero Simpson y Peter Griffin, del dibujo Padre de familia– que gritaba, se paseaba por el escenario, se metía las manos en el bolsillo exhibiendo su panza y era multiplicado por tres en las pantallas, era un meteorólogo. Pero no. Era el mismísimo Ballmer –el bulldog de Microsoft, un gerente más que un gurú– hablando de los próximos 20 años de la informática y mezclando palabras algo vacías y formulaicas tales como “innovación” y “oportunidad” en sus descripciones del cloud computing, aquel paradigma hacia el que se dirige toda una industria y que apuesta a que todas las aplicaciones y hasta los sistemas operativos no estén alojados en las computadoras de sus usuarios sino ahí, en el aire, en servidores lejanos y siempre despiertos.

“Es el próximo nivel de nuestra evolución tecnológica –arengó un Ballmer ya transpirado y con una botellita de agua en mano–. La nube crea nuevas oportunidades, requiere nuevo software y contenido. La nube implica nuevas responsabilidades, tales como seguridad y privacidad, proteger las creaciones intelectuales. La nube ayuda a aprender a tomar decisiones. La nube aprende y se hace mejor: software como el corrector de ortografía aprende de los usuarios. La nube profundizará las redes sociales”.

Ballmer afirma lo que cree. Y en este asunto está convencido, tanto que le consignó vida a esta especie de abstracción. “La nube quiere dispositivos fáciles de usar, displays en las paredes, televisores, teléfonos, PC inteligentes –apuntó luego de comentar las intenciones de Microsoft de zambullirse en la industria de la salud y también para combatir el cambio climático, mientras las promotoras, guardias de seguridad y varios del público comenzaban a bostezar–. Pero hay que tener cuidado: las cosas nunca van a ser perfectas. Hay chicos malos en el mundo que quieren hackear, que siempre quieren espiar”. Y así, sin mencionar explícitamente a su némesis Apple (aunque sí hubo un par de palos tácitos) ni contestar preguntas ni de periodistas ni del público, Steve Ballmer dijo adiós a las apuradas. Steve Ballmer tenía que tomar el té con la presidenta Cristina.
Jueves 29 de marzo
Año VIII | Edición Nº781






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